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ROCÍO GALÁN ALBERRUCHE


Las mulas de carga del siglo XXI

Donde la costa española se acerca a la africana es donde numerosas personas ven la oportunidad de conseguir dinero, en muchos casos para su subsistencia
 

Desde que se hicieron conocidos –y reconocidos por la policía– los medios de transporte más habituales del hachís, el cuerpo humano se ha convertido en la correa de transmisión idónea entre los camellos y los clientes, entre los que venden y los que consumen. Aún se siguen utilizando los métodos más comunes, como las lanchas (que en un momento de persecución pueden tirar la mercancía al mar) o las avionetas (que pueden volar bajo para no ser vistas y aterrizar en cualquier zona rural), pero la práctica de utilizar el cuerpo para introducir droga en España está aumentando de forma alarmante en los últimos tiempos. 

La droga en cuestión puede introducirse en el cuerpo de la persona por varias vías: oral, anal, y en el caso de la mujer también de forma vaginal. Si el tráfico de drogas es un delito penado con cárcel, ahora también es un peligro de salud para quienes, sin consumirla, la transportan muchas veces por verdadera necesidad. Que una bolsa de cocaína se abra en el estómago supone una muerte segura por sobredosis. 

María (nombre ficticio para proteger su identidad) tiene 19 años y viajó a Ceuta la semana pasada con un grupo de personas. Pero su viaje no era de placer. Necesitaba el dinero y un chico le ofreció viajar desde Madrid a Ceuta y regresar transportando en su cuerpo hachís.  

Nos cuenta que en estos casos el dinero no está pactado desde el principio: la cantidad de dinero a recibir estaría en función de la cantidad de mercancía que pudiera traer. 

El hachís es una droga que se transporta en forma de huevas, que tienen un tamaño de unos siete cm. de longitud y un peso de diez gramos, por lo que un kilo de hachís supone una cantidad de cien huevas. Si María conseguía traer de vuelta un kilo, su recompensa sería de dos mil euros. 

María nos narra su viaje, que comenzó una mañana muy temprano en la que se dirigió al AVE con destino a Málaga junto a dos personas más (dos varones de unos veinticinco años). Allí les recibió el socio de los chicos y poseedor de la droga en Ceuta. De Málaga fueron todos juntos a Algeciras, donde cogieron un ferry que les llevó hasta Ceuta.  

La protagonista cuenta que una vez en Ceuta se dirigieron a la casa del socio, donde se encontraba el hachís. Cree recordar que el barrio era “El Príncipe”, aunque asegura que debido a los nervios y el miedo todos los recuerdos sobre la ciudad y las calles son algo borrosos.  

Este barrio es uno de los más peligrosos de España. María nos cuenta que se sintió insegura y aterrorizada al andar por sus calles sucias, llenas de basura y desperdicios, agua podrida en forma de charcos, asfalto y arena. Explica además que tan rápido mirabas a un lado y podías observar un edificio en ruinas como podías mirar al otro lado y encontrarte con una mansión, propiedad de los traficantes más adinerados.  

Pasaron allí el resto del día hasta que oscureció y se dirigieron a un hotel para descansar. Al día siguiente María comenta que con total normalidad salieron del hotel y pasearon por Ceuta para conocer la ciudad, hicieron unas compras, comieron algo y luego se dirigieron de nuevo a la casa del socio ceutí. 

Una vez allí comenzó el ritual. Primero intentó introducirse vía oral el máximo número de huevas que pudo para intentar llegar al kilo. Comenta que al principio el pánico le había invadido el cuerpo, temía que le pasara algo y sobre todo que pudieran detenerla, pero que poco a poco se fue tranquilizando porque iban explicándole cómo tenía que hacerlo, y además los dos chicos que la acompañaron desde Madrid también serían transportadores de hachís. 

Una por una, muy poco a poco y con la ayuda de agua, teniendo cuidado de tragárselas de forma lineal para que no se le atravesaran en la garganta y sufrir el riesgo de ahogarse, María pudo tragarse un total de treinta huevas, es decir, trescientos gramos.  

Catorce más se introdujo de forma vaginal. Las dividió en dos partes, haciendo de cada una un bloque alargado y cubierto por cinco capas de preservativos. Cuenta que en el segundo y último bloque que se introdujo ató la cuerda de un tampón para poder fingir que tenía la menstruación en caso de que la policía la parara y decidiera examinarla.  

María comenta que una vez introducidas todas las huevas que pudo en su cuerpo se quedó tranquila, porque vio que no había habido ningún problema. A partir de ese momento su mayor temor fue el ferry, ya que es donde más vigilancia hay. Explica que había varios perros policía, pero a éstos les resulta realmente difícil oler la droga que va en el interior del cuerpo. 

Otro de los miedos de la joven es que la estuvieran utilizando como cebo. Muchos traficantes contratan a personas para transportar droga en pequeñas cantidades y ellos mismos dar la alerta sobre ese tráfico. Al chivarse de esa operación, logran que una cantidad mayor pase desapercibida porque la vigilancia está puesta en la persona de la que se ha recibido la información del tráfico.  

Una vez superado el trayecto del ferry llegan en coche a Málaga, donde se desprende de las catorce huevas introducidas en la vagina y elimina de forma natural quince de las treinta huevas que se había tragado. Al llegar a Madrid expulsa siete más y a la noche siguiente cinco.  

Explica que se encuentra bien, y que lo único que ha sentido ha sido el movimiento de las huevas en el aparato digestivo, ya que es un objeto duro y extraño que el cuerpo no ha digerido, describiendo los movimientos como “pataditas de un bebé”.  

Al expulsarlas, las lava únicamente con agua y después les quita varias capas del film transparente que se utiliza normalmente para envolver alimentos, para así eliminar el olor a heces. Luego las guarda en una bolsa, donde las va reuniendo para entregarlas.  

Aún le quedan tres huevas por expulsar y hasta que no entregue toda la mercancía el pago no se realizará. Teniendo en cuenta que en total ha conseguido trasladar a la península un total de cuarenta y cuatro huevas, pesando diez gramos cada una, supone en total un peso de cuatrocientos cuarenta gramos. María calcula que su recompensa estará cerca de los mil euros, dinero imprescindible para pagar el alquiler que debe y evitar así quedarse sin casa. Aproximadamente a María le darán unos dos euros por cada gramo que entregue. En el mercado el gramo de hachís tiene un precio medio de cinco euros. 

Es bastante probable que expulse las huevas restantes sin ningún tipo de problema, y que el pago se realice tal y como se ha acordado. Esto supone que sea también probable el hecho de que María repita la operación cuando se vea de nuevo con necesidad de conseguir dinero, sin tener más alternativa y sin darse cuenta de que forma parte de una cadena de ilegalidad, adicciones y, sobre todo, muertes. 17 abril 2013  

 


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