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MOHAMED ABDELKEFI


La nueva Libia

Se habla mucho de Libia en estos momentos y con razón. Comentaristas de todas las tendencias informan, analizan, prevén, sugieren y tratan de averiguar adónde va Libia después de salir de las tinieblas y de recuperar y tener su destino en sus manos. Todo esto tiene su valor e importancia. Sólo que una pregunta no deja de imponerse: ¿por qué este interés sólo ahora, después de cuatro décadas largas durante las cuales el pueblo libio no dejaba de gritar, denunciar, llamar la atención del mundo entero para que viera cómo se estaba destruyendo física y humanamente un país entero y cómo se pisoteaban todos los principios?   

HISTORIA 

En espera de una respuesta a esta pregunta, que posiblemente no llegará nunca, voy a incluirme en la caravana de los interesados de este asunto de actualidad e intentar poner mi grano de arena por si sirviera de algo.  

Lo hago porque conozco en profundidad aquel país norteafricano geográfica y humanamente, por haber vivido allí más de diecisiete años. Muchos de sus responsables, anteriores y actuales, han sido mis alumnos y amigos.   

Tuve el privilegio, en compañía de un economista griego, un experto en aeropuertos británico y el piloto belga, de realizar la primera vuelta aérea civil sobre Libia: Trípoli, Nalut, Gadames, Ghat, Ubari, Sebha, Gialo, Tobruk, Bengazi, Misurata, Trípoli. Tuve varias actividades administrativas y periodísticas, y todo esto me permitió conocer a Libia pobre, luego rica, ocupada, luego libre, sin recursos humanos cualificados, luego con una élite intelectual de las más formadas.  

Tuve la oportunidad de vivir, ver y observar cómo edifica un pueblo su Estado de la nada. Cómo empezó a organizarse para poder luchar por su independencia de un colonialismo atroz, como fue el fascista, y de una doble ocupación militar, británica y francesa, resultado de la Segunda Guerra Mundial. Cómo actuar y maniobrar para hacer fracasar el fatal proyecto Bevan-Zforza, que preveía la perduración de la ocupación extranjera con la división del país como valor añadido; los dos ministros de Asuntos Exteriores, británico e italiano, proponían someter la parte oriental de Libia (Cirenaica) a la autoridad británica, el sur (Fezzán) a la francesa, y la parte occidental (Tripolitania) a la italiana. Con un saber hacer fortalecido por la unión, la perseverancia y la voluntad, se pudo desbaratar el proyecto y la maniobra de los dos ministros, y llevar la cuestión ante las Naciones Unidas, recién constituidas. Con dificultad y con solo una voz consiguió Libia su independencia, que se proclamó el 24 de diciembre de 1951.  

Empezó entonces la difícil, la imposible según algunos, tarea de edificar el Estado. Pero querer es poder y los libios, gracias a su determinación, su unión, su afán de libertad e independencia, pudieron realizar el milagro. Edificaron una monarquía constitucional, elaboraron una de las mejores constituciones y empezaron a construir el porvenir dando prioridad a la enseñanza que, a pesar de la pobreza, era gratuita a todos los niveles con libros, cuadernos y material escolar incluidos.   

Así que aquel país, cuya administración estaba dirigida por una mayoría de especialistas extranjeros, su agricultura y gran parte de la actividad económica en manos de los italianos –los colonos de ayer–, su seguridad dirigida por británicos, y con dos ejércitos –el británico y el francés– actuando a sus anchas en el territorio, en menos de una década estaba al cien por cien en manos de sus propios hijos, y bajo el paraguas de una monarquía constitucional avanzaba tranquilamente, pero a grandes pasos, hacia la modernidad, el desarrollo y la prosperidad.   

LA DESGRACIA 

Llegó el petróleo y la metamorfosis se hizo más segura, más rápida y, con la educación siempre prioritaria, sin fanfarronear pero humildemente, llegó Libia a mediados de los años sesenta a tener una amplia clase media, un nivel de analfabetismo muy reducido, un número importante y en continuo progreso de mujeres con educación moderna y universitaria y, por supuesto, un ejército de universitarios especializados en todas las disciplinas formados en Libia misma y en casi todas las universidades del mundo.  

Cuando usurpó Gadafi el poder, Libia era un modelo de Estado en plena evolución, avanzando en paz, armonía y seguridad hacia un porvenir de los más prometedores. Desafortunadamente no fue así. En vez de avanzar se encontró obligada a retroceder, y durante cuarenta y dos años la mayoría del pueblo libio fue sometida al más cruel, salvaje y cínico régimen hasta hoy conocido: ausencia de todas las libertades y todos los derechos, dictadura y censura, despotismo y nepotismo, encarcelamiento y tortura, persecución y ejecución arbitraria de los opositores en todos los rincones del mundo: en Libia por decenas y centenas, con entierro en fosas comunes sin informar a sus familias, pero también en Roma, Londres, El Cairo y una larga lista; todo esto a la vista y el oído del mundo entero.   

Contrariamente a lo que creen muchos, el pueblo libio no se quedó con los brazos cruzados. Muchas veces intentó acabar con esta pesadilla, pero el dictador fue avisado y salvado por servicios secretos extranjeros. No hace falta describir la opresión y las masacres que siguieron a cada intento.  

EL PORVENIR 

Hoy el país se ha liberado de aquella tiranía y se encuentra enfrentado a una tarea más difícil y complicada que la del derrocamiento del régimen, que ha costado caro, en vidas humanas y en destrucciones de toda índole, lo que hace la tarea más difícil y emblemática.  

Hay que instaurar o reinstaurar un Estado de la nada; con todos sus componentes administrativos, técnicos y sociales, y todas las instituciones que requiere un Estado democrático moderno, según el deseo expresado por todos los activistas revolucionarios y representativos, de una manera u otra, de una opinión pública decidida a no retroceder, sino hacer igual o mejor que los vecinos cercanos y lejanos: tener un país que ocupará su sitio en el conjunto de los países que viven su tiempo en este siglo XXI.  

NECESIDADES 

Muchos analistas dudan de la capacidad del pueblo libio y hablan de la necesidad de intervención extranjera. El autor de estas líneas ve las cosas con una mirada más optimista; porque, si más de medio siglo atrás, los libios desprovistos del mínimo necesario pudieron establecer y levantar un Estado, por muchas razones lo podrán hoy con su riqueza humana y económica.  

Cuanto menos intervengan los extranjeros mejor, porque el pueblo libio es un pueblo orgulloso y celoso de su dignidad. Esto no quiere decir que no va a necesitar la colaboración de los amigos. La va a necesitar porque es gigantesco lo que tiene que realizar; cuando termine de erigir el Estado con su Constitución, su Parlamento libremente elegido, su Gobierno y sus instituciones, tendrá delante enormes y vitales proyectos a planificar y ejecutar: búsqueda y desalinización del agua para uso doméstico e irrigación, desarrollo y modernización de la agricultura, electrificación de muchos pueblos aislados, restauración, construcción y equipamiento de hospitales y sanatorios, arborización a gran escala, frenar la desertización en varias zonas, relanzar el proyecto del ferrocarril, desarrollar el sector turístico y muchos otros proyectos que el país necesita y los libios tienen previstos.  

Sin lugar a dudas, para la ejecución de todos estos programas de desarrollo Libia va a necesitar la aportación extranjera. ¿Pero cómo y en qué condiciones? He sido, durante casi dos años, director de la oficina de cooperación internacional en el Ministerio de Desarrollo en Libia y pude ver cómo los libios quieren y aceptan la cooperación. Entre mis manos estaban todos los acuerdos bilaterales y multilaterales que tenía Libia con muchos países del mundo: desde EE.UU. hasta Finlandia, pasando por Dinamarca, Yugoslavia, Austria, Alemania, Francia, Gran Bretaña y por supuesto España, cuya aportación en el campo de la salud ha sido muy apreciada (aún conservo la amistad de algunos cooperantes como María Amparo Reigada –practicante–, el doctor Zaragoza –oftalmólogo– o Salvador Bofarrul –experto en planificación económica–, entre otros). Sin intervención ni dictamen, sino con disposición y buena voluntad, se puede llevar una fructífera cooperación para el desarrollo y la reconstrucción en Libia. España, si sabe aprovechar su buena reputación en el país y en todo el mundo árabe, podrá ser de gran ayuda y lograr beneficios para ambas partes. 

TEMOR 

Algunos analistas temen choques entre tribus en Libia. Se olvidan de que el país es un mosaico de etnias y que nunca tuvo más que convivencia y armonía. Si hay rivalidades, éstas no superan la que existe entre Madrid y Barcelona, y mucho menos el separatismo de esta o aquella región en España.  

EN RESUMEN 

Libia sale de la oscuridad de la dictadura y la omnipotencia para tomar su sitio bajo el sol de la democracia, los derechos, la pluralidad, la igualdad y la paz social. Sin lugar a dudas necesitará ayuda y colaboración: “la mejor forma de prestar este apoyo –tomo aquí textualmente la opinión de Haizam Amirah Fernández, investigador principal de Mediterráneo y Mundo Árabe en el Real Instituto Elcano– sería a través de organismos independientes, organizaciones no gubernamentales o Naciones Unidas, con el fin de evitar los efectos no siempre positivos de la competición por tener mayor influencia de algunos gobiernos con afán de protagonismo”.   

Añado también que todo debe hacerse con pleno respeto de la soberanía y la dignidad del pueblo libio, que sabrá conducir el barco a buen puerto. 11 diciembre 2011  

 


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