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ANTONIO VIDAL


VIDAS EJEMPLARES

San Ignacio
 

¿No es el de Loyola este santo, sino de Antioquia. San Ignacio de Antioquía fue obispo de la misma en tiempos en que la Virgen María vivió; sabiéndose esto porque, al parecer, se carteó con ella. Sí, -tal como lo están leyendo- y fue discípulo de San Juan. Lo raro es que las cartas de este santo ( a los filípicos, tarsianos, antioquianos, magnesianos, trajanos, esmirnianos y Policarpo), datan del 150 d. c., por lo que la probabilidad de su autenticidad es…vamos a ser benignos y dejarlo en dudosa.

Se dice,-aunque no está confirmado-, que en la primera carta que envió a la Virgen más o menos le venía a pedir que Ella, que había tenido tan estrecho contacto con Jesús, le confirmara si los prodigios que de él se contaban eran ciertos y, además, le mostraba su devota admiración.

Siempre según La leyenda dorada -aunque suena bastante raro- la Virgen contestó a vuelta de correo manifestándole que sí, que todo era verdad y que le haría una visita acompañada de San Juan en cuanto pudiera, pero como -al parecer- estaban muy ocupados ambos, esa visita no llegó a realizarse. Ya se verían mas tarde en el cielo, digo yo.

San Ignacio de Antioquia, según nos cuentan, tenía un prestigio inmenso entre los cristianos tan madrugadores en la fe que vivían en aquellos años y, tanto era así, que nada menos que Dionisio, ojo, nada menos que Dionisio (por cierto, ¿quién sería este Dionisio?), que tenía una competencia científica y teológica inmensa en la época, cuando quería reforzar sus afirmaciones decía: “así piensa Ignacio”, de la misma forma que en la actualidad usamos lo de “lo dijo Blas, punto redondo” porque, como en esos tiempos todavía no se había inventado la misa, no podían decir aquello de “lo que diga Ignacio, va a misa”.
Ya sabemos que entonces era frecuentísima la visión de ángeles volando, andando sobre las aguas, etc., (debía haber más que ahora, ¿ control de natalidad celestial, quizá? ) y resulta que, en cierta ocasión, unos cuantos que no debían tener nada que hacer ese día y que estaban matando el tiempo cantando antífonas en la cima de un monte fueron vistos y oídos por Ignacio quien, a raíz de ello, dictaminó que en los templos, al final de cada salmo, se cantara una antífona relacionada con el texto del mismo, con lo cual es lógico pensar que cada acto religioso se alargaría un disparate y se conjetura que la súbita aparición en todo el territorio cristiano de partidas de fieles armados con hondas y palos en la cima de los montes -¿en busca de los ángeles cantores?- pueda tener relación directa con este coro y posterior alargamiento de los oficios religiosos. No hay datos, pero también es lógico pensar que a lo mejor la repentina disminución de angelitos tenga algo que ver con aquellas partidas, en vez de con un hipotético control de natalidad, vete a saber.

Ya por aquel entonces había discusiones tan estériles como las bizantinas, y una de ellas versaba sobre si se debía usar la palabra amor en las cosas religiosas y/o divinas o, si por el contrario, debería usarse en su lugar algo tan cursi como dilección pero, ¡amigo!, llegó Dionisio con su admiración por Ignacio a cuestas y, ni corto (solo cortito) ni perezoso, soltó la frase definitiva: “ El divino Ignacio lo usó y escribió expresamente refiriéndose al Señor en esta frase: -Cristo, mi amor, fue crucificado-“, que tiene una trascendencia tal que dejó anonadado a más de uno y que, en la actualidad, todavía infunde respeto al personal por su profundidad intelectual.

Según nuestras fuentes, el emperador Trajano, que era de la banda de los malos y además el jefe, como había vuelto de una guerra y se aburría, se dedicó al deporte de moda que era la caza del cristiano para que los pobres leones del Circo Trajanés no pasaran más hambre. Tal era así que en cierta ocasión un niño espectador en el Circo, al ver los leones comiéndose cristianos reparó en uno de los animales y preguntó extrañado a su mamá por qué ¡ese pobre león no tenía cristiano!.

La vida es dura a veces, tan es así que hay rumores sin confirmar de que los leones de Trajano antes de salir al “albero”, mirando a través de las rejas, elegían ya el cristiano que se iban a merendar (aquella gordita para mí y te dejo un muslo, a mí me gustan las manitas, etc.).

Pues bien, enterado Ignacio de tanto desmán y temiendo que algún cristiano se arrepintiese de serlo para no tener que pasar por el trago de las torturas, se presentó ante el Emperador manifestándole que él era uno de aquellos perseguidos y que “a ver si se atrevía con él”, con lo que fácilmente consiguió, tras ser amarrado con cadenas, que se le enviase a Roma custodiado por diez soldados que durante el viaje se portaron muy mal con él, sometiéndole a muchos tormentos, tormentos tan crueles que Ignacio se refiere a los soldados que se los infligían como “leopardos”, en las cartas que iba escribiendo durante el viaje. Es difícil imaginar que alguien pueda escribir cartas estando encadenado y torturado, pero ¡un santo es un santo!.

Bueno, el caso es que después del azaroso viaje, fue de nuevo llevado delante de Trajano, que había viajado más rápido, claro, y este, de muy buenas maneras, le preguntó por qué trataba de convertir a sus súbditos al cristianismo a lo que Ignacio, respondón, le dijo que ojalá pudiera convertirle a él para que entonces fuera emperador de un poderosísimo imperio,( por ofrecer que no quede) y como Trajano no se tragó la trola y además tenía el mayor imperio que existía, le ofreció a Ignacio algo más factible y es que si ofrecía sacrificios a los ídolos (ya estamos con lo de siempre), le haría príncipe de sus sacerdotes. Naturalmente Ignacio se negó a ello y además con una chulería fuera de lugar le hizo saber que por mucho que le maltratasen no haría sacrificios nunca a los ídolos, poniendo así en bandeja a Trajano ordenar a sus esbirros que le ofreciesen un repertorio de delicatessen torturae consistente en tundirle las espaldas con látigo de siete colas y luego restregarle bien de sal por las heridas, arrancarle la piel a tiras, hacerle andar sobre brasas, etc., nada, tonterías. Para un santo, tonterías, por lo que Ignacio más que sufrir disfrutaba y cantaba antífonas y esas cosas, por lo que el emperador, desesperado (Ignacio desentonaba horriblemente), ordenó que lo llevasen a un lóbrego calabozo, le tuvieran sin comer tres días y después lo echasen a los leones. Lo de los tres días sin comer puede ser por que esos leones estuvieran en régimen alimenticio bajo en grasas, puede ser, total que le sacaron al centro de la pista y soltaron a dos leones para que lo despedazasen, lo devorasen, etc. Ignacio, muy torero, avanzó hacia las fieras llamando su atención, gritando que se lo comieran para ir pronto con Jesús…., pero el colmo llegó cuando, con las gradas enfervorecidas, abrió con sus propias manos las fauces de uno de ellos e inventó el número que más tarde popularizaría Ángel Cristo con lo cual consiguió que el espectáculo subiese algo más en emoción, ¡metió la cabeza en la boca abierta del león!

Es de suponer que este santo con aficiones toreras y de domador, presentaría a los ojos de los leones un aspecto lamentable: el viaje, las torturas horribles durante y después del mismo, la túnica de tela de saco tantos días sin lavar ni planchar, barba de varios días… Desgraciadamente no tenían ensayado el número y el león, harto ya de tanta chulería cerró la boca acabando así con las andanzas terrenales de nuestro protagonista de hoy. Las crónicas de la época relatan que las fieras respetaron el cuerpo porque era de santo (hoy nos comemos los huesos), pero lo más probable es que con el aspecto que tenía no fuera muy apetecible.

Otros relatos, no demasiado fiables, cuentan que cuando otros cristianos recogieron sus restos, además de constatar lo de “olor de santidad” en toda su fragante crudeza, al ver su corazón encontraron en él la palabra “Jesucristo” inscrita con letras de oro.

De lo de las cartas a La Virgen no se sabe más y de lo de la prometida visita de ella y San Juan a este pobre hombre parece ser que no se llevó a cabo, posiblemente por problemas de agenda de todos ellos.21 enero 2007  

 


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