Portada Opin@r

Portada Opin@r

Portada nº 1
Información General y Opinión
Sección General


VÍCTOR SÁNCHEZ


PENA DE MUERTE EN LOS EE.UU.

La hipocresía del primer mundo

Las cadenas de televisión occidentales nos recuerdan periódicamente, con ilustradores primeros planos, cómo en países extraños a la democracia occidental, como es el caso de la China comunista, entre otros, llevan a cabo ejecuciones masivas de condenados a muerte. Ante las imágenes, el mundo supuestamente civilizado se echa las manos a la cabeza. Y no es para menos… Es para más, para mucho más.    

Pero lo que es de escándalo es que no mantengamos nuestras manos en la cabeza, nuestra indignación, cuando nos hacen sabedores de la existencia de la misma barbarie en los Estados Unidos, ese gigante vigilante de la democracia en el mundo y vigilante, sobre todo, de sus sacrosantos intereses económicos.   

Hace pocos días era ejecutada en el Estado norteamericano de Tejas una mujer de 62 años, Betty Lou Beets, condenada por haber asesinado a dos de sus cinco maridos. Organizaciones humanitarias trataron de detener la ejecución y explicaron que la mujer sufrió un grave deterioro psicológico a lo largo de su vida, víctima de la violencia doméstica. La mujer mató a su cuarto esposo en 1981 y al quinto en 1983. Diecisiete años después el Estado, denuncian organizaciones humanitarias, al ejecutar a Betty, ha culminado la suma de malos tratos, de violencia, que padeció esta mujer a lo largo de su vida.   

El territorio de Tejas tiene un gobernador muy conocido: George Bush, candidato del Partido Republicano a la presidencia de los Estados Unidos. Como es bien sabido, los candidatos presidenciales y los gobernadores, en ese país, utilizan la pena de muerte según convenga a su futuro político. Traducen la vida (y la muerte) en votos.   

El gobernador Bush tiene un largo historial de ejecuciones a sus espaldas. En los últimos cinco años, 120 personas han muerto a manos de los verdugos a sueldo del Estado de Tejas. Una media de 24 ejecuciones por año, dos al mes, una cada quince días… Ni una sola vez Bush ha aplicado su prerrogativa legal de clemencia.   

Mientras esta realidad tan dramática se vive en el territorio de Bush, en la costa Este, en Nueva York, hace unos días se sabía de la magnanimidad, o la manga ancha, de un jurado que absolvió de todos los cargos a cuatro policías que acribillaron a balazos a un joven inmigrante al que consideraron sospechoso. Cuarenta y una balas dispararon contra un solo hombre. El jurado no ha visto ensañamiento. Los policías eran (y son) blancos. El sospechoso era (y era) negro. 

En otro Estado norteamericano, en Pennsylvania, su gobernador, Thomas Ridge, republicano como Bush, ya tiene en su historial la aplicación de 171 penas de muerte. En sus prisiones tiene encarcelado, y en el corredor de la muerte, a Mumia Abu-Jamal, un ex miembro de las Panteras Negras que trabajaba como periodista en una emisora de radio.   

El caso de Mumia ha suscitado la solidaridad internacional. Los ojos del mundo vigilan la suerte de este hombre, cuya ejecución ha sido aplazada varias veces; la última, el 2 de diciembre pasado. Se le condenó por la muerte de un policía blanco. Pero el sumario del caso está plagado de irregularidades.  

Tanto para el caso de Betty como para el de Mumia, las organizaciones humanitarias han tratado de buscar justificaciones a las peticiones de clemencia. En el caso de la mujer, se ha subrayado su historial de víctima de la violencia doméstica. En el caso de Mumia, se han destacado las irregularidades del proceso. 

Pero no hace falta buscar justificaciones para condenar la pena de muerte, a la que tan aficionados son los mandatarios norteamericanos. La pena de muerte no es más que la evidencia del fracaso de un sistema para afrontar los problemas sociales desde la aplicación estricta de los derechos humanos. Cabe preguntarse qué clase de democracia es la de los americanos, que necesitan de la pena de muerte para preservar el sistema.  

 


OPI

Portada  Portadilla Nº 1  Información General y Opinión  Sección General


© OPIN@R.
© Cada uno de los autores de los artículos o fotografías.

Las personas interesadas en publicar sus colaboraciones en OPIN@R o ponerse en contacto con la Redacción,
tienen a su disposición la siguiente dirección de correo electrónico:
Teclee esta dirección en su programa de correo electrónico